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Un mal que sigue a otro mal

afecciones surgidas en los días posteriores a la práctica médica y procedimientos quirúrgicos

 

Un hecho que se presenta con cierta frecuencia luego del paso por el quirófano es que el área objeto de la acción del instrumento cortante del cirujano no sana bien.

Las complicaciones que se derivan de la Infección de la Herida Quirúrgica (IHQ) han estado asociadas con la práctica médica desde los inicios de las operaciones a pacientes.

La historia nos cuenta que en 1846 se dio un avance notable en la adopción de medidas para luchar contra este mal asociado a la cirugía: se instauró la obligatoriedad de que los doctores usarán guantes y se cambiaran de ropa.

Un par de décadas después, en 1867, se publicó el libro Principios de antisepsia, del inglés Joseph Lister, que significó un gran salto de calidad a la hora de tratar con las afecciones dentro de los enfermos. La aplicación de técnicas de asepsia (destinadas a mantener libres de microbios y gérmenes una instalación) representó que la tasa de infecciones en cirugía electiva (aquella que no es de emergencia y puede ser demorada al menos un día) disminuyera del 90 al 10 por ciento.

Sin embargo, la aparición de procedimientos para neutralizar agentes nocivos en el ambiente, en las prendas, en los materiales quirúrgicos, así como el empleo de antibióticos, no ha erradicado la persistencia de la complicación postoperatoria.

TIPOS

La persistencia de casos relacionados con afecciones surgidas en los días posteriores a la práctica médica se debe, en buena parte, al aumento en la demanda de procedimientos quirúrgicos, se estima que hay cerca de un millón de estos al día tan sólo en Estados Unidos.

Se trata de un asunto que no sólo pega en la salud de la persona, también en el tiempo de recuperación y en el bolsillo. Es reconocido que una IHQ duplica tanto la estancia bajo supervisión médica como los gastos hospitalarios normalmente asociados con la intervención.

En el marco de referencia de los expertos en salud se manejan los siguientes tipos de procedimientos:

Cirugía limpia: si el tejido a intervenir no está inflamado, se preserva la asepsia y no se perjudica al tracto respiratorio, digestivo o genitourinario.

Cirugía limpia contaminada: es la intervención en cavidades con contenido microbiano que no registra un vertido de consideración; se trata de una operación traumática para tejidos limpios y los tractos respiratorio o digestivo, aunque el intestino grueso y la formación genitourinaria están a salvo.

Cirugía contaminada: en ella se consideran factores como una inflamación aguda, aunque sin pus, se derrama contenido de víscera hueca.

Aspectos frecuentes de la infección (la cual puede catalogarse como superficial o profunda) son: ocurre en los 30 días posteriores a la cirugía, aunque en el segundo tipo puede presentarse después; afecta tejidos blandos, hay drenaje purulento, el paciente siente dolor y tiene fiebre.

En la IHQ profunda puede registrarse la apertura espontánea de suturas profundas o el cirujano puede optar por ello al detectar síntomas como la irritabilidad a la palpación o la presencia de un absceso.

Otra categoría es la infección de órgano, en la que a resultas de la incursión se compromete un órgano o espacio del cuerpo diferente a aquel que se atendió, suele deberse a que fue abierto o manipulado dentro del plan de acción.

TRATAMIENTO

Algunas técnicas complementarias de diagnóstico son los cultivos de tejido o de sangre así como pruebas de imagen. Cuando ya se tiene certeza de la IHQ o existe una alta sospecha, se recomienda iniciar un tratamiento.

Los principios a aplicar no han variado mucho en el último siglo. Se manejan tres vertientes fundamentales: un tratamiento antibiótico, que debe ser de alto espectro, es decir, que proteja contra el gran número de gérmenes con potencial para contaminar la herida, según el área en que fue hecha; la extracción del foco séptico por la vía de un drenaje ya sea directo al exterior del cuerpo o por medio de cavidades naturales; y el soporte metabólico (la correcta nutrición) y hemodinámico (mantener el flujo sanguíneo a los órganos) del paciente.

Parte de los cuidados que requiere la herida son la separación de los tejidos, extrayendo el muerto y demás detritus (resultado de la descomposición de una masa sólida en partículas), el lavado con agua oxigenada y suero. Es común que se deje la herida abierta para que siga el drenado.

ATENCIÓN

La aparición de una IHQ es el resultado de la interacción entre gérmenes patógenos y el huésped, es decir, que se contamine la herida quirúrgica es el paso previo a la infección. Varios factores de riesgo que contribuyen a ese resultado están del lado del paciente; el estado de su sistema inmune, padecer enfermedades de base como la diabetes, tener hábitos nocivos como el tabaquismo, su estado nutricional y demás.

Del acto quirúrgico están la técnica del médico, la duración del procedimiento, la localización y el tipo de intervención, la asepsia y antisepsia del quirófano, de la persona y del instrumento empleado.

También hay elementos de riesgo en los cuidados antes y después de la operación, como la duración de la estancia hospitalaria previa a la incursión médica o la forma en que funciona el drenado de la herida.

Se ha demostrado que el rasurado, especialmente con máquina eléctrica, de la zona a vulnerar en los momentos que anteceden a la intervención contribuye a la reducción de IHQ.

Un aspecto positivo es que son escasos los casos en los que el origen de una infección está en la contaminación del quirófano. A eso han contribuido prácticas como el uso de mascarillas, guantes, gorros, batas, así como la esterilización del material quirúrgico.

En la etapa postoperación la recomendación es tapar la herida con apósitos (remedios que se aplican de forma exterior y que se sujetan con vendas) estériles durante 48 horas. En ocasiones se requiere tenerla cubiertas por más tiempo y aplicar curas con agua oxigenada.

Fuente: www.elsiglodetorreon.com.mx

 

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